viernes, 24 de septiembre de 2010

“Conquistar e poblar”


Reeditar los tiempos de la colonia española en América, de quienes pisaron entonces nuestras tierras, puede ser un buen ejercicio para la memoria. Es cosa de echar a andar la imaginación para descubrir realidades, quizás penalidades de cerca de 500 años atrás. Atenernos a ellas en los hoy países de este cono sur del continente: Perú, Bolivia, Uruguay, Paraguay, Argentina y Chile, basando los límites en cambios de relieve o de clima. También de que raza más belicosa poblara las comarcas descubiertas, luego “conquistadas e pobladas”.

Todo empezaba allá en España al organizar la expedición, con la anuencia del rey, reuniendo naos, bajeles, carabelas, galeones y bergantines, para enseguida surtirlas, ojalá, sobradamente para el regreso en un par de años. Víveres frescos, bizcochos, abundante vino en barriles, mercaderías y alimentación para 150 individuos. Otra historia era contratar a marineros, soldados y civiles, entre ellos contadas mujeres. Aceptar hasta treinta extranjeros con tal que no fueran franceses. Y para embarcarse cumplir algunas condiciones como estar confesados y dejar hecho el testamento. Ya en ruta no jugar a los naipes o a los dados ni renegar de Dios. Los que tenían un oficio, de herrero, carpintero u otro traerían sus herramientas. El abastecimiento del agua debía ser suficiente o habría problemas, sobre todo si además se incluían animales en ese viaje tal como vacas, yeguas y caballos.

La travesía del Atlántico pudo efectuarse sin tropiezos, en unos tres meses y medio, o tal vez tener percances en las tormentas y al buscar reparo en la costa ya cercana estrellarse contra las rocas y encallar en los bajíos. Entonces no habría socorro posible. En tanto tiempo aparecían enfermedades, no siempre de causas conocidas, y al que se moría se le lanzaba al mar acompañado de algunas oraciones.

La gente venía diseminada por las cubiertas y entrepuentes, lo que mejoró cuando conocieron la hamaca encontrada en el trópico. Llevar un Diario de navegación fue de gran interés para saber de esos viajes. Solía suceder que la expedición que venía a Chile llegara a otro destino en el Atlántico o en el Caribe o por alguna razón de peso regresara a España.

Ya en tierra, levantaban pueblos con repartición de predios y heredades edificando casas con los materiales del lugar, y “ficieron sementeras de pan”. Porque las vecindades eran preparadas para la labranza en terrenos que producían todo, trigo, cebada, que el maíz se daba dos veces en el año, y porotos, habas, calabazas y melones. Además los colonos comerían carne y pescado. Sin embargo si los tiempos eran malos, el hambre podía ser mucha y la desnudez tanta al romperse la ropa y gastarse los zapatos que “deseaban todos la muerte más que la vida”.

En buenos momentos de las relaciones con los naturales intercambiarían abalorios, espejos, peines, tijeras y cuchillos por víveres, fueran gallinas, pavos, perdices, carne de venado, o también por cestos de papas y por piezas tejidas. No era raro que algún español, cansado de sufrir penurias, desertara y se fuera a vivir entre los indígenas asegurándose así la comida y la vestimenta. Conviviría con ellos tantos años que terminaría formando familia y llegaría a ser útil auxiliar de las expediciones posteriores por conocer las costumbres de las tribus y sobre todo por dominar el idioma que hacía posible el entendimiento y las negociaciones.

Iván Contreras R. 2010
Prof.Emérito, U.de Concepción