sábado, 15 de marzo de 2008

Antigüedades


En esa película de los 40, el joven y la niña se refugiaron en el desván de la casa y éste estaba lleno de los remanentes de años de vivir allí: un caballito de balancín, jarros enlozados, piezas de cerámica, sombreros en sus cajas, cunas de bebés y gramófonos con sus inmensas bocinas. En aquella época mirar hacia el siglo XIX era un asunto cercano y es posible que algunos de los objetos mencionados fueran de entonces. Los hechos históricos o por lo menos los que se recordaban de esa centuria estaban tan próximos que no era raro conocer gente que estuvo presente cuando ellos se produjeron.

En la década del 40 (1940), aún podían encontrarse personas que habían participado en la guerra con los países del norte. Ahí estaban los “veteranos del 79” que tenían sus sedes sociales y mutualidades, y que desfilaban con sus gallardos uniformes durante las fiestas patrias. Usos y costumbres decimonónicas estaban frescas todavía. Los utensilios de cada casa habían sido heredados de esa época pasada y las máquinas domésticas, que eran manuales al principio, sólo cuando llegó a generalizarse el uso de la corriente eléctrica fueron movidas por dicha energía. Conservaron todo su carácter y ya en los primeros años del siglo XX al reconocerse esos efectos como propios del siglo anterior se transformaron en lo que llamamos antigüedades. Y como tales, empezaron a escasear y hasta a adquirir un valor comercial mayor que los del momento. También a ser motivo de colección.

Siguiendo el mismo criterio, ahora que nos encontramos en los inicios del siglo XXI sabemos que los implementos del siglo XX con los que convivimos en parte importante de nuestras vidas, desde los juguetes y muñecas de niños, han pasado hoy a ser antigüedades. Lo son los objetos de uso en la cocina, en el comedor, el dormitorio, los trajes y artilugios rodantes que han cambiado de modelo cada año. Son antigüedades hoy los artefactos de la guerra, los cascos y uniformes, las armas. Las piezas de loza de Lota y de Penco, las obras artesanas entre las que se encuentra ese caballito de madera, negro cariblanco, con su montura y sus riendas de cuero, recuerdo infantil, que ya adulto busqué por años con gran afán. Siempre estamos pensando en que los objetos de vidrio, como los producidos por la fabrica de Schiavi, son antiguos, aunque por su frágil condición cuesta imaginárselos atravesando y sobreviviendo los siglos. A las cosas de otros tiempos les reclamamos, eso sí, cierta condición artística y que tengan atractivo comercial. Esto de escogerlos y atesorarlos lo determinarán las preferencias personales.

Cuando hoy miro el interior de mi casa veo el hogar de un coleccionista de artefactos del siglo XX, de antigüedades recientes.

Iván Contreras Rodríguez

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